La estética como problema

Massimo Modica

¿Qué es la estética?


Del mismo modo como decimos belleza poética, deberíamos decir también belleza geométrica y belleza medicinal; pero no lo decimos: esto se debe a que sabemos bien cuál es el objeto de la geometría, y que consiste en pruebas, y cuál es el objeto de la medicina, y que consiste en curar; pero no sabemos en qué consiste el agrado, que es el objeto de la poesía.
Pascal, Pensamientos, 33.

¿Qué es la estética?

Existen ciertos territorios del saber que no constituyen unidades vacías, etiquetables a gusto. De campos como la geología, la economía, la botánica se conocen, por lo menos en línea general, métodos y conceptos esenciales. Se conocen sus principales problemas y gran parte de las soluciones de vez en cuando adoptadas. Cada uno de estos campos tiene una organización y un estatuto complejos. Reagrupa también objetos notablemente diversos. Y sin embargo, se muestra de tal forma que posee una unidad propia: el mapa de su territorio puede ser trazado de forma satisfactoria. En síntesis, nos enfrentamos con disciplinas confirmadas de las cuales es posible extraer una definición suficientemente adecuada.
¿Y la estética? ¿Es una disciplina con principios rigurosamente definidos, susceptible de ciertas divisiones sistemáticas, como la geología, la economía, la botánica? ¿O en cambio, por decirlo de algún modo, es la menos existente entre las tantas disciplinas existentes? ¿La estética posee un objeto específico, aún siendo complejo, y un aparato preciso, o en cierta forma fácilmente individuable, de términos, conceptos y métodos? ¿O en cambio es una tarea difícil, o incluso que conduce al fracaso, el solo intento de reconocer un espacio claro y homogéneo de estudios y problemas de estética? ¿En el sentido que la situación de la estética estaría caracterizada por una tal multiplicidad de puntos de vista que la volverían irreducible a un conjunto coherente, aún haciendo la distinción por períodos y por perspectivas teóricas y de método?
Es verdad que hasta no hace mucho tiempo atrás la estética aún se definía "ciencia de la belleza". Sobre la base de esta definición muchos imaginaban (y quizás aún imaginan) que la estética dictase las reglas de la "belleza", y que el deber del estudioso de estética consistiese en decirle a la gente qué cosa se debe considerar "bella", y a los artistas cómo deben crearla. Pero los límites entre lo bello y lo feo son inciertos, dictados por las convenciones del tiempo y de la sociedad, o por el gusto personal y variable de cada uno. Voltaire (1694-1778), en el artículo Bello, Belleza del Diccionario Filosófico (1764), escribía: " La belleza para el sapo es su hembra, con sus dos grandes ojos redondos que sobresalen de la pequeña cabeza, la garganta larga y chata, el vientre amarillo, el dorso pardo". Y agregaba que si sobre la cuestión interrogamos a los filósofos, o también al diablo, "los primeros les contestarán con difusas incongruencias", y el otro les dirá que "lo bello es un par de cuernos, cuatro patas con garras, y una cola". El concepto de belleza, por lo tanto, es demasiado vago. Es un "concepto paraguas": una palabra que todos usamos a gusto para designar las cosas y las experiencias más diversas. Por lo tanto, ¿cómo podría legítimamente existir una disciplina como "ciencia de lo bello"? Y admitiendo que exista, que la estética haya sido también esto, ¿de qué modo podría aspirar a la calificación de ciencia?
Hoy, de todas formas, la estética ya no es más simplemente definida "ciencia de lo bello". Más bien se sostiene que es una específica rama de la filosofía, que se ocupa de la así llamada experiencia artística-estética. Es decir, la estética se considera parte distinta e integrante de este o aquel sistema filosófico, que debe reflexionar desde un punto de vista general, filosófico, sobre objetos y experiencias estéticas. Objetos y experiencias que por lo tanto se conjeturan como ya bien definidos y homogéneos. Sin embargo, también esta definición de estética, que ciertamente nos conduce a problemas y dificultades reales, no satisface. En primer lugar, no queda para nada claro qué cosa sean exactamente las obras de arte y en qué sentido se pueda hablar de una "pura" experiencia estética, netamente distinta de otras posibles experiencias. Es decir, no es una cuestión superada que los objetos de los cuales se deba ocupar la estética estén bien definidos y homogéneos. Sobre todo, es muy extraño que una teoría, por demás "filosófica", se vincule con un objeto ya acabado. Inclusive lo que simplemente se observa está siempre determinado por un punto de vista, y la elección de la mirada a adoptar (la elección de un orden en la observación, de una lógica del discurso) incide necesariamente sobre la realidad observada. En pocas palabras, y más simplemente, tarea auténtica de toda teoría seria, filosófica o no, es justamente la de "construirlo" al propio objeto, de reflexionar sobre sus condiciones de posibilidad, sin presumir que este ya se ofrezca, claro y transparente, al estado puro, a una mirada neutra.
La particularidad de la estética podría sin embargo consistir en ser una disciplina al mismo tiempo específica y genérica. Ella debe sí describir un cierto conjunto de hechos culturales, llamados "artísticos" y "literarios" recurriendo a una pluralidad de técnicas y métodos, pero sin confundirse con la historia y la crítica del arte y de la literatura. ¿La estética, por lo tanto, como una disciplina que se sitúa en el punto de encuentro, en la zona de intersección de tantas diversas disciplinas? Pero, si así fuera, la estética debería disolverse paulatinamente en otra cosa: de vez en cuando en psicología o en sociología del arte y de la literatura, en lingüística o en semiótica, según los métodos específicos adoptados.
La estética, finalmente, ¿de veras agota sus propias reflexiones en el territorio de lo bello y del arte? Quizás no, quizás aborda también otras y más amplias realidades. Ello parecería ser sugerido por el mismo nombre. Estética efectivamente remite a la antigua palabra griega aísthesis, que quiere decir "sensación", "percepción", "sensibilidad". Entonces, quizás, la estética debería ocuparse no tanto o no solamente de arte y literatura, sino más bien de la "sensibilidad", mejor dicho, de los aspectos y de los valores sensibles de las cosas, de las "emociones" y de las "atracciones", del "deseo" y del "placer". Pero tal deber, a su vez, ¿en qué consiste? ¿En qué sentido es posible pensar en una disciplina, coherente y homogénea, que pueda específicamente ocuparse de un campo tan vasto y genérico, como efectivamente es la así llamada experiencia sensible? Y esta última, como ya se ha dicho, ¿no será estudiada mejor por la psicología de la percepción, o por la filosofía de la ciencia, o por qué otra cosa aún, antes que por la estética?
Entonces la estética, ¿qué es? ¿Es todo esto, es ésta o aquella otra cosa, o no es nada de todo esto, disolviéndose en algo parcialmente o totalmente distinto? ¿Hasta coincidir, tal vez, con la filosofía, o con ciertos problemas y aspectos esenciales de ésta?


El campo de la estética.

Como se ve, nos enfrentamos con cuestiones de no fácil solución. A tal punto que a muchos les pareció, frente a tales dificultades, que preguntas de este tipo, y en particular la pregunta "¿qué es la estética?", ni deberían ser hechas. Estas entrarían en esa amplia categoría de problemas fútiles, o quizás simplemente mal puestos, que solemos frecuentemente liquidar con una broma. En nuestro caso, afirmando por ejemplo, que la estética no es otra cosa que todo lo que los entendidos - los así llamados estetas - convienen en llamar con ese nombre.
Las cosas, naturalmente, podrían estar justamente así. No sería una novedad. Generalmente sucede que se continúe discutiendo, sin darse cuenta, de problemas ya resueltos, o ya liquidados como irresolubles, como si mientras tanto no tuviésemos que enfrentarnos a otras y bien más graves cuestiones.
Y sin embargo, de vez en cuando surge legítima la sospecha que detrás de tantas falsas y viejas preguntas se escondan ciertos temas esenciales, cuya recuperación podría contribuir a un mejor ordenamiento de problemas agotados sólo en apariencia.
Justamente, es el caso de la pregunta "¿qué es la estética?". Indicaciones claras al respecto han sido dadas por un estudioso italiano de estética y filosofía, Emilio Garroni, en su libro Sentido y paradoja. La estética, filosofía no especial (1986). La estética puede también no ser una disciplina coherente y acabada en sí misma, ni dotada de un objeto específico de estudio. Esta puede o debe presuponer toda una serie de cuestiones que se sitúan en otros diversos ámbitos disciplinarios, y hacer suyos los objetos y los métodos de aquellos. Por lo tanto, la estética tiene un estatuto seguramente incierto, complejo y difícil. De ello, sin embargo, no deriva para nada, necesariamente y en cada caso, la ilegitimidad y la inconsistencia de aquella pregunta. Aquella pregunta es legítima, en primer lugar, porque la estética es cuanto menos un problema abierto, que no debe simplemente ser puesto de lado, o porque ya resuelto, o porque se considera irresoluble. En segundo lugar, es legítima porque anulándola se liquidaría la posibilidad de entender mejor toda aquella serie de problemas tradicionalmente atribuidos a la estética (el arte y la experiencia estética, para entendernos). Pero su legitimidad, por último, consiste sobretodo en esto: puesto que al no plantearnos esa pregunta tampoco se podría echar luz sobre la cuestión del sentido o de la experiencia en general, digamos incluso de las condiciones que hacen posible cualquier experiencia efectiva.
Tiene por lo tanto sentido preguntarse qué cosa sea la estética, cómo pueda ser delimitado su campo, cuáles sean las condiciones que permitan reconstruirlo de algún modo, incluso en su amplitud y heterogeneidad. No obstante, ya pudimos entreverlo, tales cuestiones no pueden ser enfrentadas pensando en poder llegar a una exhaustiva definición de la estética como disciplina. Esta es una tarea improbable, quizás improponible. Decía Giambattista Vico (1668-1744) que la mente del hombre, "cuando conoce claramente una cosa, la ve como de noche al brillo de una lámpara y, mientras ve aquella cosa particular, excluye de su vista los objetos circundantes". Una definición de la estética, entonces, podría también servir para iluminar ésta o aquella otra zona de su vasto territorio; todo el resto, sin embargo, quedaría en una oscuridad aún más espesa.
De acuerdo, por lo tanto, sobre la inutilidad o sobre la parcialidad de las definiciones. Pero no por esto la pregunta "¿qué es la estética?" puede ser dejada de lado. Digamos entonces que se trata de lograr entrever aquí y allá los contornos, por cierto confusos y oscuros, quizás apenas representables, pero al fin siempre contornos, del campo problemático de la estética. Se trata, aún más, de trazar algún límite de lo que se presenta complicado, variado, dividido, y que no obstante no impone el renunciar en todos los sentidos a la idea de una posible unidad. La estética puede también ser un conjunto no específico de problemas, perspectivas y métodos diferentes, tan ricos de conjeturas y consecuencias a tal punto de reenviar casi continuamente a otra cosa; no obstante es necesario saber sobre qué bases es siempre posible hablar de un "conjunto".
Se trata, en síntesis, de aproximarse gradualmente al sentido de la estética, trazando mapas provisorios de sus territorios, sin proponer un mapa riguroso y exclusivo. Se trata de reconstruir éste o aquel límite, ésta o aquella área del campo de la estética, por cierto amplio e indeterminado (probablemente, tan amplio como el de la filosofía), pero quizás no carente de límites, por más difíciles que sean de trazar.
En este sentido, la pregunta "¿qué es la estética?" podría de veras resultar una pregunta orientadora.


Semejanzas de familia.

Las experiencias artísticas de nuestro siglo ponen en crisis la idea que el objeto de un discurso sobre el arte sea justamente un objeto, homogéneo y coherente. Este consistiría más bien en una serie diversa de fenómenos, conectados por semejanzas y afinidades, pero con la característica que no pueden ser encerrados bajo una única y exclusiva definición.
En otros términos, lo que llamamos arte no constituye una clase rigurosamente definida. Es decir no sabemos cuál es ese conjunto de propiedades, constantes y coherentes, que todos los objetos artísticos, y sólo éstos, deberían tener en común. Como mucho se logrará rastrear algunas de las características comunes a un gran número de objetos y actividades artísticas. Ello sin dudas nos ayudará a individuar un cierto número de casos ciertos o de ejemplos típicos. Pero no se podrá ir más allá. Efectivamente ninguna de las características individuadas será por sí misma válida como criterio necesario y suficiente para la delimitación rigurosa de la supuesta clase de las obras de arte. No existe ningún conjunto de características que sea específico de todos los objetos y las actividades artísticas, y sólo de éstas.
A cualquier intento de este tipo se opone la variabilidad y la complejidad de toda esa serie de experiencias a las cuales se les dio, se da o se dará el nombre de arte. Por otro lado, ¿cómo es posible pensar a una clasificación rigurosa, si lo que alguna vez fue llamado arte, en otros tiempos fue rechazado como tal? ¿Acaso no es verdad que hoy puede parecernos artístico lo que algunos siglos atrás, o incluso hasta ayer mismo, no había sido producido y considerado como tal, y viceversa?
Por ende no tiene sentido ir en busca de criterios que nos permitan clasificar en forma rigurosa las obras de arte por un lado, y las obras filosóficas, científicas, religiosas, ético-políticas por el otro. No es posible una catalogación precisa de las diversas actividades culturales. De hecho, una de las características de éstas es el presentarse, en su ser concreto, de modo diverso y variable, de entrelazarse una con otra a través de formas nunca completamente previsibles.
Pensemos, por ejemplo, a la idea de una rígida oposición entre arte y ciencia, afirmada en tiempos de cultura estética. Aún hoy es una convicción casi común que la ciencia es conocimiento objetivo, y el arte libre expresión de subjetividad. Y bien, es evidente que esta distinción rígida no puede tener valor absoluto. No queremos decir con esto que arte y ciencia sean exactamente la misma cosa. Sin embargo no se puede negar que en el arte y en la literatura hay aspectos cognitivos. Después de haber visto un cuadro de Leonardo o de Piero della Francesca, o después de haber leído un libro de escritores como James Joyce y Marcel Proust, seguramente conocemos algo más o mucho más que antes. ¿ Y quizás no es verdad que muchos artistas han expresado la exigencia de trabajar en forma científica, siguiendo procedimientos bien fundados, que ciertamente no son sólo el fruto de una invención individual? Hay por lo tanto ciencia en el arte. Pero hay arte, también, en la ciencia. Incluso en la más rigurosa teoría científica y matemática hay aspectos creativos y estéticos. No por nada se habla de "belleza" y "elegancia" de una teoría. Científicos como Albert Einstein y Henri Poincaré más de una vez reconocieron como factores decisivos en la aceptación o el rechazo de éste o aquel modelo científico justamente criterios intuitivos y estéticos. Esto no significa, repitámoslo, que entre arte y ciencia no existan distinciones. Tales distinciones, sin embargo, no son rígidas sino flexibles; no pueden ser fijadas una vez y para siempre, sino que cambian en el tiempo; por lo tanto no podrán ser utilizadas para llegar a una especie de clasificación final, tal que determine con precisión la totalidad de todos aquellos fenómenos a los cuales es posible darles el nombre de arte.
Lo que definimos arte, por lo tanto, constituiría no una clase, sino una "familia" de objetos y experiencias. Efectivamente, estos objetos no se definen por propiedades comunes sino que se caracterizan por cierto "aire de familia": a veces ciertos rasgos del rostro, otras veces el color de los ojos, otras el modo de caminar, otras el carácter y el temperamento, sin que nunca una de estas características sea común a todos los miembros de la familia considerada, y solamente a ellos.

La idea del concepto como "familia" es planteada por el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein (1889-1951) en sus Investigaciones Filosóficas, publicadas póstumas en 1953. El ejemplo por él utilizado es el del concepto de "juego". ¿Cuáles son las características del juego? ¿Es algo que se realiza exclusivamente entre dos? No, existen los juegos de equipo. ¿Se hacen sólo para ganar? No, porque se juega también a la ronda. ¿Es algo que requiere un notable esfuerzo físico? No, porque existen los juegos de mesa. Y etcétera, etcétera. Llamamos juego a tantas cosas diversas y vemos "una complicada red de semejanzas que se cruzan mutuamente".

No es casualidad, entonces, si hoy no se habla de estética sino de estéticas. Debemos enfrentarnos con diferentes disciplinas e investigaciones especializadas, conectadas entre ellas, a la par de los objetos de los cuales se ocupan, por diversas, vagas y variantes "semejanzas de familia". También el concepto de estética, como el de arte, escapa a una definición rigurosa. Su extensión no aparece encerrada por ningún límite preciso. Más bien, a medida que se continúa, la definición se extiende y modifica, de la misma forma "que al entretejer una soga se entrelazan hebra con hebra". Con la advertencia, de todas formas, que la robustez de la soga no consiste en el hecho que una hebra "esencial" corra por toda su longitud, sino simplemente, diría Wittgenstein, "en la superposición de muchas hebras una con otra".


Estéticas, poéticas, función poética.

Naturalmente siempre es posible, en el interior de un concepto tan amplio como el de estética, establecer ésta o aquella distinción y establecer ésta o aquella clasificación.
Ciertamente la vastedad del campo de la estética no permite resumir en pocas palabras las diversas investigaciones que forman parte de ella, generalmente conducidas sobre la base de perspectivas muy diversas una con otra. Y sin embargo, alguna distinción es sin más legítima.
Podría ser útil, por ejemplo, distinguir una "estética filosófica", entendida como una reflexión de carácter general sobre las condiciones de posibilidad de la experiencia, de las "poéticas" de carácter histórico y operativo, estrechamente ligadas a los problemas concretos y determinados del hacer arte. Y se deberían distinguir, además, las "poéticas" de la "poética", es decir de aquella específica disciplina analítica, parte integrante de la lingüística, que se ocupa de aquel conjunto de textos lingüísticos caracterizados por el "predominio" o por la significativa presencia de la "función poética" del lenguaje, difusa en todo texto lingüístico. Función poética que se concentra en el mensaje como tal: se conecta a una idea de poesía como un texto que reclama antes que nada atención sobre sí mismo, sobre el modo en el cual está construido, sobre la organización del verso y de la estrofa, es decir sobre el carácter específico de su significar.-

Massimo Modica, en Che cos'è l'estetica. Ed. Riuniti. Roma, 1987.
Traducción: Daniel Grilli, Profesor del CIEC